“An american wife in Kabul” by Phyllis Chesler

No sé si usted mi estimado lector, tuvo la oportunidad de ver hace muchos ayeres la película que en México titularon “La huida”, protagonizada por Sally Fields y Alfred Molina y que está basada en el libro “Not without my daughter” escrito por Betty Mahmoody. Si ya la vio, estará de acuerdo conmigo en que la historia es impactante sobre todo porque está basada en hechos reales, y si no la ha visto, le recomiendo que lo haga, aunque aquí le cuento brevemente de qué trata. Betty es ciudadana norteamericana y está casada con un doctor de origen iraní llamado Moody. Tienen una hija, Mahtob, y viven en Estados Unidos. Moody le propone a Betty que vayan de vacaciones a Teherán para que su familia conozca a su hija, y ella aunque no está muy convencida, finalmente acepta. Ya instalados en Irán, Moody decide que ya no van a regresar a Estados Unidos. Betty no está de acuerdo sobre todo porque en Teherán no puede hacer muchas cosas, no puede salir sola y si sale sólo puede ir a realizar actividades esenciales como asistir a clases del estudio del Corán. Además, Moody pasó de ser un esposo y padre cariñoso, a convertirse en un hombre autoritario y frío. Betty decide regresarse a Estados Unidos, pero acorde a las reglas musulmanas, los padres son los que conservan la patria potestad de los hijos, por lo que si ella decide regresarse tendrá que ser sin Mahtob. Esto hace que Betty idee un plan para huir ella y su hija de Irán, aún con todos los riesgos que eso implica…

El libro no lo he leído todavía, pero la película sí me impactó. Y a todo esto usted se preguntará ¿y qué tiene que ver la gimnasia con la magnesia? Ah pues que teniendo esta historia como antecedente, creí que este libro trataría de algo similar, y sí…pero no.

Phyllis Chesler, allá por finales de los años cincuenta, era una joven judía originaria de Nueva York que asistía a la Universidad cuando conoció a Abdul-Kareem, un joven apuesto de origen afgano y con quien compartía el gusto por el arte en todas sus expresiones, por lo que disfrutaban su tiempo viendo películas, escuchando música, disertando sobre lecturas, etc. Y ya sabe cómo es esto de la etapa del enamoramiento, donde los pobres ilusos creyeron que lo que sentían el uno por el otro era más fuerte que cualquier diferencia cultural o religiosa, así que decidieron casarse, viajar por Europa y de paso visitar a la familia de Abdul-Kareem en Afganistán…

La primera señal de alerta se presentó apenas llegando al aeropuerto de Kabul, cuando a Phyllis le quitaron su pasaporte según porque era un “trámite de rutina”, pero que no había nada de qué preocuparse porque eventualmente se lo regresarían.

La casa de Abdul era muy grande ya que su papá era un hombre muy poderoso en el sector financiero del país, por lo que podía darse el lujo de vivir con sus 3 esposas, hijos y nietos en un bonito conjunto de casas… es decir, juntos pero NO REVUELTOS.

Como todo en esta vida, al ser todo nuevo y exótico, al principio le causaba a Phyllis fascinación conocer una nueva cultura y convivir con su ahora familia, pero con el tiempo se percató que lo que ella creía un estilo de vida “acomodado”, era realmente una jaula de oro, ya que no se le permitía salir a conocer la ciudad y menos SOLA. Las mujeres de la casa sólo bordaban, hacían alguna manualidad, o veían crecer el pasto ya que tenían sirvientes que cuidaban a los chamacos y hacían todos los quehaceres domésticos, así que Phyllis muchas veces decidía quedarse en su habitación a leer, pero entonces la iban a visitar para preguntarle ¿si se sentía enferma o estaba triste? porque no había una razón lógica por la que una mujer quisiera pasar tiempo a solas. Abdul se encontraba ausente la mayor parte del tiempo ya que trataba de congraciarse con su papá para así acceder a un buen puesto de trabajo, por lo que casi no convivía con su ahora esposa.

Phyllis trataba de persuadir a Abdul de regresar a Estados Unidos, pero él le dijo que necesitaba más tiempo, que ella debería de comportarse acorde a los preceptos religiosos y sociales de manera que su papá estuviera complacido con su matrimonio y así pudiera asegurar un futuro estable para los dos.

El meollo de todo esto fue que Phyllis al no estar acostumbrada a la comida del lugar y a la forma poco higiénica en que la preparaban, enfermó de gravedad, sin embargo los doctores de la región le decían que eran sólos “sus nervios”, que eventualmente se le pasaría. Sin embargo, Phyllis no contenta con tan singular diagnóstico, decidió buscar un doctor occidental que pudiera examinarla, el cual, finalmente le dijo que tenía hepatitis y que eran necesarios cuidados especiales (sobre todo con la alimentación). Ante esta situación y creyendo que vería la luz en muy poco tiempo, a Phyllis se le ocurrió solicitar ayuda a la única persona lo suficientemente poderosa para ello: su suegro, el cual se apiadó de ella y le consiguió un pasaporte de Afganistán para salir del país.

Todo esto que le estoy contando pasó en escasos meses, y al contrario de Betty Mahmoody que tuvo que huir con su hija por desiertos y montañas y enfrentar múltiples peligros, Phyllis se subió al avión y ya…

Así Phyllis relata cómo después de esa experiencia, se unió a diversos movimientos sobre todo en apoyo a las mujeres y trató de estudiar un poco más sobre la religión musulmana (cosa que debió haber hecho antes de casarse creo yo), y menciona en el libro distintas referencias bibliográficas sobre la historia de Afganistán y el contexto en el que se desenvolvió su fallido matrimonio…

No menosprecio los meses que pasó encerrada en Kabul la escritora, pero tenía otra idea de cómo se desenvolvería la historia, ya que la mitad del libro habla sobre su vida en Afganistán, y la otra sobre sus disertaciones filosóficas e históricas, y la verdad, hubo momentos en los que me aburrió tanto que terminé leyéndolo en modo autómata.

Mi calificación subjetiva:

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